Yo me había ido a la playa con mi familia. Él se había quedado en Sevilla porque no le gustaba la arena. Fui caminando hasta la orilla del mar, porque siempre es bonito pararse a mirarlo.
De repente empezaron a escucharse los gritos de la gente, y un altavoz anunció que llegaría un tsunami a la costa en 1 minuto exacto. La gente que estaba en casa no debía preocuparse, porque tampoco iba a ser un tsumani muy grande, pero los que estuviesen en la playa no tenían nada que hacer. Miré hacia el horizonte y vi como una ola del tamaño de un edificio de tres plantas se iba formando.
La voz de Matías Prats decía que solo afectaría a aquellos que estuviesen en la arena de la playa, así que dejé de preocuparme por la muerte de mi familia que estaba en casa. Ahora tenía que despedirme de él, que estaba en Sevilla, porque yo sí que me iba a morir. De vez en cuando, miraba al mar y veía esa ola que seguía teniendo el tamaño de un edificio de tres pisos. Me hubiese dado tiempo de escaparme de ella si hubiese corrido desde un principio, como todo el mundo. Pero ya daba igual, ahora tenía qué pensar qué iba a decirle y cómo, ¿por sms o por llamada normal? Una llamada era algo más intangible, pero más dramático, además seguro que lloraría y no tenía ganas. Un sms era demasiado impersonal. El tsunami seguía donde antes, con el mismo tamaño. Yo no me decidía ¿llamada o sms?
Además, qué iba a decirle, ¿que no me llorase mucho, siguiese su vida y fuese feliz? El tiempo pasaba y no me decidía, y la ola no llegaba. Me estaba empezando a cansar. Así que guardé el móvil en el bolsillo, me di la vuelta y me fui a casa.

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